Incidencia hormonal en el control del hambre

Incidencia hormonal en el control del hambre

LA SENSACIÓN DE HAMBRE Y SACIEDAD

La Organización Mundial de la Salud considera el sobrepeso como uno de los diez primeros riesgos para la salud, en las naciones en vías de desarrollo figura entre los cinco primeros. Los números son suficientemente elocuentes como para que la ciencia se haya empeñado en encontrar la solución del rompecabezas bioquímico que gobierna desde la síntesis de grasas en el organismo hasta las señales que le indican a nuestro cerebro cuándo sentir hambre o saciedad.

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Hambre: significa ansiedad por alimentos y se acompaña de diversas sensaciones subjetivas; por ejemplo, en la persona que no ha comido durante muchas horas el estómago experimenta contracciones rítmicas intensas llamadas contracciones de hambre. Estas producen en el epigastrio (boca del estómago) una sensación de opresión o de roído. El hambre es equivalente a la sed en cuanto a que es un impulso que puede ser reducido por una conducta apropiada, que en este caso sería buscar alimentos y comer.

Apetito: se emplea a veces como sinónimo de hambre, pero significa deseo específico de ciertos alimentos y no de alimento en general. En consecuencia, el apetito ayuda al individuo a escoger alimentos con características determinadas.

Saciedad: es lo contrario del hambre. Es la sensación de que la búsqueda de alimento ha llegado a su fin. Suele resultar de una comida satisfactoria, sobre todo cuando los depósitos de alimento del sujeto (tejido adiposo o glucosa) están ya llenos.
Necesitamos una cierta ingestión de alimentos para cubrir nuestros requerimientos diarios de energía y de los materiales necesarios para el crecimiento y reparación de nuestros tejidos. Si la ingesta es muy elevada engordamos y si es baja adelgazamos.
Hay, obviamente, un mecanismo que determina de alguna forma cuanto necesitamos comer. Los centros nerviosos para el control de la ingestión del alimento se encuentran en el cerebro, más concretamente en el hipotálamo. La estimulación de la región lateral del hipotálamo hace que la persona ingiera con voracidad, fenómeno llamado hiperfagia. Por otra parte, si se estimulan los núcleos ventromediales del hipotálamo el resultado será saciedad completa, e incluso en presencia de un alimento muy apetitoso, la persona rehusara comer, fenómeno denominado afagia.
Las lesiones destructivas de cualquiera de estas partes tienen un efecto a la inversa produciendo efectos totalmente opuestos que cuando se han estimulado.

Por tanto es posible llamar a estos núcleos laterales como centro del hambre o centro de la alimentación, en tanto los núcleos ventromediales suelen llamarse centro de la saciedad. En experimentos con animales si se destruye el área del núcleo ventromedial, los animales terminan comiendo y tragando todo alimento apetitoso que se coloque delante de ellos. Pero a la vez no muestran ninguno de los otros signos de la conducta del hambriento. No buscan alimentos ni comen más después de hacerles pasar hambre de lo que lo hacían antes.

Esta área parece ser el centro de control del impulso de comer respecto a la disponibilidad de alimentos, no respecto a las necesidades calóricas del organismo. Así pues, al ser estimulada el área de hipotálamo lateral se producen los signos del hambre, incluso en los animales saciados. Comen como si estuviesen muriendo de hambre, engullendo incluso alimentos no apetitosos y bebiendo hasta engordar. Parece ser que el hambre es controlada por un equilibrio entre mensajes del núcleo ventromedial y del hipotálamo lateral.
En realidad no es tan sencillo el poder explicar en breve lo que es el centro de la alimentación o de la saciedad, puesto que influyen muchos estímulos cerebrales y la mecánica de la ingestión de los alimentos depende mucho de las respuestas nerviosas de dichos centros. Sin embargo podemos dividir la regulación de los alimentos en:

— Regulación nutritiva
Se refiere primariamente a la conservación a largo plazo de cantidades normales de reservas nutritivas en el cuerpo. Cuando se le ofrecen cantidades ilimitadas de alimento a un sujeto en estudio que ha estado en inanición durante mucho tiempo, dicho sujeto puede ingerir mucha mayor cantidad de alimento que cuando se encuentra sometido a una dieta regular. Inversamente, un sujeto que haya estado forzado a comer en exceso durante varias semanas, comerá menos de lo habitual cuando se le permite hacerlo según sus propios deseos.

Por tanto el mecanismo de control de la alimentación del organismo esta ligado al estado nutricional. En resumen, cuando las reservas de nutrientes del organismo caen por debajo de lo normal, el centro de la alimentación del hipotálamo entra en gran actividad, y la persona muestra mayor sensación de hambre. O, al revés, cuando estas reservas nutritivas son abundantes, la persona pierde el hambre y desarrolla un estado de saciedad.

— Regulación alimenticia
Se refiere sobre todo a la prevención de una ingesta excesiva de alimento cuando se realiza una comida. Cuando una persona que siente hambre come, ¿qué es lo que detiene la ingestión de alimentos cuando ya ha comido suficiente? No son los mecanismos de retroalimentación que acabamos de mencionar, porque todos ellos entran en funcionamiento al menos una hora después de que los nutrientes han pasado a la sangre.

Claramente, es muy importante que la persona no ingiera más de lo debido, incluso es deseable que coma en proporción a sus necesidades nutritivas. Para este fin son importantes las señales del llenado gastrointestinal: cuando se distiende el estómago y el duodeno (intestino delgado), se transmiten señales inhibitorias para suprimir la actividad del centro de la alimentación y reducir de esta manera el deseo de alimento.

Así pues, son varios los factores que afectan la sensación de saciedad…

Tiempo de permanencia en el estómago: este factor no depende del volumen sino del tipo de alimento, de las combinaciones y de su forma de preparación. Los que producen mayor sensación de saciedad son, evidentemente, aquellos que se mantienen durante más tiempo en el estómago.

Digestibilidad: cuanto más digerible es el alimento, o la forma de preparación, menor es el tiempo de permanencia en el estómago. Este parámetro se relaciona con el índice glucémico.

Volumen del alimento: la ingesta de los alimentos ocasiona una distensión mayor o menor del estómago. Se ha comprobado que a igualdad de ingesta calórica, los alimentos de mayor volumen prolongan más la sensación de saciedad. Este parámetro se relaciona con el llamado factor de llenado.

Presencia de fibra: las fibras, ya sean o no solubles, retardan la absorción intestinal de los hidratos de carbono, mejorando el índice glucémico. Además, algunos tipos de fibra, por el efecto volumen incrementan la sensación de saciedad.

Consistencia: cuanto más difíciles sean de masticar, mayor será la permanencia en el estómago y mayor la saciedad.

Índice glucémico: los alimentos con índice glucémico más bajo muestran una mayor sensación de saciedad, probablemente por mantener los niveles plasmáticos de glucosa (y de insulina) en una situación más estable que los de índice glucémico mas alto, en los que se observa un pico de glucosa (y de insulina) poco después de su ingesta. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el índice glucémico NO depende del tamaño de las moléculas de los hidratos de carbono y de que un azúcar sencillo como la fructosa tiene un índice glucémico mucho menor que el pan (que consiste sobre todo en almidón).

Presencia de proteínas y de grasas: tanto las proteínas como las grasas tienden a retardar el vaciado gástrico, por lo que afectan positivamente al índice glucémico reduciéndolo, pero en cambio pueden aumentar el valor energético de la comida (las grasas tienen el doble de calorías que las proteínas y los carbohidratos)

Grado de cocción: las diferentes formas de cocción rompen las macromoléculas de los alimentos (ya sean carbohidratos o proteínas) en moléculas más pequeñas que suelen ser más digestibles y, con un menor tiempo de permanencia en el estómago.

Forma de cocinar: como se indicado antes determinadas formas de cocinar modifican en gran medida el índice glucémico de los alimentos. Así, una patata en puré tiene un índice glucémico mas elevado que una patata cocida. En presencia de agua y a una temperatura elevada el almidón se gelatiniza aumentando el índice glucémico. A 100ºC ó más, el almidón absorbe agua que hidrata la amilosa y la transforma de absorción lenta en absorción rápida. La patata cocinada en el microondas incrementa notablemente su índice glucémico, probablemente porque las microondas producen altas temperaturas en el interior de la misma que destruyen el almidón, aunque sin perder su contenido energético.

¿CÓMO INFLUYEN LAS HORMONAS EN EL APETITO?

Las hormonas que participan en la regulación de la ingesta pueden dividirse en dos grupos: uno que actúa rápidamente e influye en las comidas individuales, y otro que actúa más lentamente para promover el equilibrio a largo plazo de las reservas de grasa del organismo.
El nivel de glucosa en la sangre es el factor principal que controla el hambre. Un nivel bajo de glucosa produce dolores de hambre: contracciones en el estómago e intestinos que provocan el recuerdo doloroso de la necesidad de alimentos. Pero hay otros factores, ya que necesitamos no sólo carbohidratos sino proteínas, lípidos, minerales y vitaminas en nuestra dieta. La ingestión de alimentos debe ser siempre suficiente para cubrir necesidades metabólicas del organismo y mantenerse en equilibrio para no llegar a producir obesidad ni caer en anorexia. El papel principal de la insulina es hacer ingresar la glucosa en los músculos y regular sus niveles en la sangre. Pero las personas que tienen demasiada insulina circulando sienten un hambre desesperante, comen más y ganan peso.

Hay una correlación directa entre el nivel de leptina en la sangre y la cantidad de tejido adiposo que existe en el cuerpo, pero lo que percibe el cerebro es la variación. Es decir, una persona puede ser muy obesa, tener mucho tejido adiposo, y por lo tanto tener mucha leptina circulante, pero si no come hace cuatro horas y comienza a quemar más grasas, al bajar el nivel de esta hormona en la sangre, el cerebro interpreta que tiene que comer. La hormona Ghrelin, que secreta el estómago, constituye otro tipo de señal de alerta. Sus niveles se elevan abruptamente antes de las comidas, con el estómago vacío, indicándole al cerebro que es hora de tener hambre, y después caen igual de rápido, cuando el estómago está lleno.

La hormona colecistocinina, liberada principalmente como respuesta a la presencia de grasa en el duodeno, tiene un fuerte efecto directo sobre el centro de la alimentación, reduciendo la ingesta de alimentos.

Hay quienes dicen que comer es una adicción. Y tal vez tengan razón, porque uno de los mensajeros químicos involucrados en la alimentación es la dopamina, un neurotransmisor asociado con la adicción a todas las drogas de abuso. Esta sustancia parece dejar una huella indeleble en nuestros senderos neuronales. La primera vez que una persona prueba un alimento que le gusta, una descarga de dopamina acompaña el momento de placer; pero después, cada vez que la vista o el olfato vuelven a detectarlo, la descarga se produce no en la etapa consumidora, sino en la anticipatoria. Se ha demostrado que la actividad de las mismas neuronas anticipa la liberación de dopamina cuando ya se sabe cuál es el estímulo placentero que se acerca. Todas las drogas de abuso funcionan a través de la anticipación dopaminérgica: la nicotina, la cocaína, las anfetaminas, los opioides…

Otra de las hormonas que influyen en la sensación de hambre es la serotonina, también vinculada con el estado de ánimo (las personas que tienen bajos niveles de serotonina tienden a padecer estados depresivos, o son impulsivas, o violentas). Es un mensajero químico que actúa sobre las neuronas que secretan melanocortinas, los agentes anoréxicos más potentes que hay en el cerebro: cuando aumenta la liberación de melanocortinas, los ratones de laboratorio no comen; cuando se bloquea, comen todo el tiempo.

Las melanocortinas tienen su contraposición en otro neurotransmisor que llamó poderosamente la atención de los científicos, el péptido Y. Se observó en condiciones experimentales que cuando se lo inyecta a un animal de laboratorio, inmediatamente desencadena su voracidad.

Si quieres obtener más información sobre las hormonas y el control del hambre visita los siguientes articulos:

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